domingo, 9 de abril de 2017

Una reacción que esconde riesgos y beneficios para la Casa Blanca

Por David Sanger - The New York Times
WASHINGTON.- Si bien es cierto que para el presidente Donald Trump el lanzamiento de un ataque militar a apenas 77 días de haber asumido el poder representa una oportunidad para cambiar la sensación de descalabro que transmite su administración, tampoco es garantía de nada.
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El ataque también marcará el tono de la reunión que mantendrán la semana próxima el secretario de Estado Rex Tillerson con el presidente ruso Vladimir Putin, el primer encuentro cara a cara entre el líder ruso y un miembro de la administración Trump. Hasta el ataque de anteayer se esperaba que el tema central del encuentro fuese la investigación por los ciberataques y la intervención rusa a favor de Trump durante las presidenciales 2016.

Pero la acción militar le brinda a Trump la oportunidad de exigirle a Putin que contenga o destituya al presidente sirio Bashar al-Assad, porque de lo contrario Estados Unidos ampliará, de inmediato, su hasta ahora limitada campaña militar sobre Siria.

Antony J. Blinken, subsecretario de Estado durante el gobierno de Obama, dice que el ataque con armas químicas del gobierno de Damasco sobre el territorio controlado por los rebeldes terminó forzando al gobierno norteamericano a pasar a la acción. "Teníamos que actuar", dice Blinken. "Al-Assad transgredió una regla que está vigente desde la Primera Guerra Mundial", cuando la guerra química fue usada por primera vez de manera extensiva.
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Muchos altos asesores de Obama, entre ellos Blinken, sugirieron una acción militar similar hacia mediados de 2013, cuando Obama subió la vara y estableció que el uso de armas químicas era la "línea roja" que Al-Assad no debía traspasar si quería impedir un ataque norteamericano.

En vez de tomar la medida con la que había amenazado, Obama, con ayuda de Rusia, forzó a Al-Assad a comprometerse a sacar de Siria la mayor parte, aunque evidentemente no todo, del arsenal químico que había en el país. Más tarde, Obama dijo estar "muy orgulloso" de aquella decisión, porque había logrado abstraerse de las advertencias del establishment de Washington. Fueron pocos los asesores en política internacional que estuvieron de acuerdo.
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Durante la campaña presidencial, Trump argumentó estruendosamente que aquella decisión de Obama era una flagrante señal de debilidad que no debía repetirse. En ese sentido, el ataque del jueves por la noche parece casi una orden preexistente.

Pero en las próximas semanas, cuando la satisfacción inmediata de haberle hecho pagar a Al-Assad por su barbarie se desvanezca, a Trump lo esperan enormes riesgos. El primero es que su jugada con Putin falle. Por más que el líder ruso apostara fuertemente a Trump frente a su adversaria Hillary Clinton, es poco probable que Putin se embarque en un acuerdo que debilitaría su influencia sobre Siria, y por lo tanto su principal pie de apoyo en Medio Oriente.
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El segundo riesgo para Trump es que al atacar a Al-Assad esté atentando contra su principal objetivo en la región: la derrota de Estado Islámico. Si Siria colapsa, se convertirá en un refugio para los terroristas islámicos, que es precisamente la eventualidad que Trump intenta evitar.

Resta saber si los combatientes de Estado Islámico están siquiera en condiciones de beneficiarse de una Siria aún más desguazada. Pero como suele señalar el general retirado del ejército norteamericano David Petraeus, que planificó el ataque a Irak, una de las lecciones que dejó la década pasada es que el extremismo islamista aprovecha cualquier vacío de poder que se genera en la región.

El tercer riesgo es que Trump no tiene realmente un plan de paz para ofrecerle a Siria. Las negociaciones conducidas por Estados Unidos para lograr algún tipo de acuerdo político -la misión de John Kerry- fracasaron. Tillerson no ha manifestado el menor interés de lanzar una nueva mesa de diálogo. Queda claro que el conflicto que condujo a Trump a decidir su primera acción militar no es el que hubiese querido.
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Durante su campaña, Trump desdeñó el concepto de ayuda humanitaria, y al New York Times ni siquiera le supo decir bajo qué circunstancias estaría dispuesto a recurrir a la fuerza militar para defender a un pueblo extranjero de un dictador brutal. La idea no encajaba en su definición de defender "Primero Estados Unidos".
Traducción de Jaime Arrambide
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